Entré
con seis años al colegio Antonio Machado, después de los tres
cursos en infantil en el mismo centro. Era al que había ido mi
hermano, así que ya había oído cosas de los profesores (a algunos
incluso los conocía) y de cómo era la vida allí.
La
verdad es que de los dos primeros cursos tampoco me acuerdo de mucho,
pero lo que sí que recuerdo bien es que iba contenta a clase, que
deseaba que acabaran las vacaciones o los fines de semana para volver
a ver a mis profesores y compañeros. Algo curioso, ahora que lo
pienso, porque cuanto más mayor me he ido haciendo, menos ganas
tenía de volver los lunes o después de navidad o semana santa al
instituto; y ya en septiembre con el inicio de curso ni te cuento.
Del
segundo ciclo lo que más recuerdo es a mi maestra, por llamarla de
alguna manera, porque se parecía más a una a madre: nos llevaba
unos palitos de pan para almorzar, iba a vernos a nuestra comunión y
encima ese fin de semana nos perdonaba la tarea, llamaba a casa
cuando estábamos malos, y mil muestras más de cariño. Tampoco sé
cómo serían el resto de profesoras de 3º y 4º en el resto de
colegios, pero comparada con los otros dos maestros del ciclo, era la
más simpática sin ninguna duda. El resto de niños envidiaba a los
del B por tenerla como maestra.
Ya
de los dos últimos años me acuerdo de todo prácticamente. El
maestro era un señor ya un poco mayor; de hecho, había dado clase a
mi padre cuando tenía mi edad en esos años. Fue un cambio muy
grande el pasar de la permisiva maestra anterior a este, porque él,
como se suele decir, nos tenía a todos a raya. Aunque ahora que lo
pienso, fue lo mejor que nos podía pasar porque nos vino muy bien
para llegar preparados a 1º de la ESO.
Ahora
con dieciocho años me asombro de la cantidad de energía que tendría
que tener para aguantar cada día este horario: desde las 7.45 de la
mañana hasta las 17.00 en el colegio; primero a Madrugadores,
luego
a clase, después actividades extraescolares (gimnasia rítmica y
tenis en mi caso) y a comer al comedor escolar, más tarde clase de
nuevo y, finalmente, a casa. A todo eso hay que añadirle las clases
en la academia de inglés, y las de piano. Vamos, que no paraba
quieta. Ahora no me veo capaz de seguir ese ritmo ni un mes.
Pero
primaria no era solo estar en clase sumando, leyendo o aprendiendo
los ríos y montañas. También se enseñan valores; o aunque no se
enseñen en las aulas, al menos se aprenden. Se aprenden jugando,
mientras te diviertes con tus amigos y compañeros; solidaridad,
amistad, confianza (con uno mismo y con el resto), generosidad, y
muchos otros más.
La
verdad es que primaria es una etapa importante en la vida de todos,
una época de cambios, y tengo que reconocer que de vez en cuando me
gustaría volver a ser pequeña. Es una suerte que esté estudiando
para volver a esa etapa, no como alumna esta vez, sino como maestra.
¡Nos vemos en la próxima entrada! :D
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